Blog de veranofinal

DOS - 2 de junio

2 junio


2 junio – Estados Unidos - California


  John Jaeger parece, a primera vista, más alemán que norteamericano. Sin embargo, es tan norteamericano como el pastel de manzana, como le gusta asegurar entre risas cuando sale el tema. Solo su apellido y su aspecto son teutónicos. En realidad, sus bisabuelos emigraron a América muchos años atrás, antes de la Guerra de Secesión, primero en busca del oro de California y después, cuando el dorado metal desapareció, dedicándose a la producción de vinos.

  Muchos descendientes de alemanes cambiaron sus apellidos al comenzar la primera y la segunda de las grandes guerras. De hecho, él mismo tiene unos cuantos primos y parientes cercanos que se apellidan Hunter, después de traducir su apellido al inglés. Solo sus padres y un par de parientes más llevan con orgullo el Jaeger original.

  En cualquier caso, John llama la atención por donde pasa, sobre todo, la femenina. Alto y bien proporcionado, con el pelo rubio casi albino y unos luminosos ojos azules, tiene la piel con el bronceado permanente que los años de trabajo en África le han marcado. Podría haber sido actor, claro, pero el caso es que sintió la llamada de Dios hace ya años, cuando apenas si era un adolescente y, tras mucho darle vueltas al asunto, se ordenó como pastor. Unos años después, un poco cansado del hedonismo y la autosatisfacción de sus feligreses, pidió permiso al obispo Sheldon para marcharse a las misiones.

  De todos los lugares recónditos y olvidados de África, el misionero terminó por elegir la zona de Taoudeni, en el norte de Tombuctú, Mali, un lugar abandonado de la mano de dios donde, todavía, las gentes se dedican a la extracción de la sal de un antiguo lago, para trasladarla después, en una de las últimas caravanas de camellos existentes, a la ciudad de Tombuctú. Los escasos habitantes de la zona son, por supuesto, islámicos y han llegado a tolerar al 'ashqur majnun, el Loco Rubio, que trata de explicarles cosas que son diferentes a las que cuenta el Corán, como una de esas cargas que Alá -alabado sea Su nombre- manda a los fieles para poner a prueba su paciencia. En este momento desciende del avión que le ha llevado, después de muchas horas de vuelo agitado por las turbulencias, al aeropuerto MacCarran.

  El pastor no se arrodilla ni besa el aeropuerto, como hacía el Papa Juan Pablo II, siempre tan teatral. De hecho, él se siente extraño allí, en su propio país, y quiere volver a África tan pronto como pueda.

  Pero las órdenes del obispo no se pueden ignorar y por eso, el pastor John está ahí, con una maleta que parece infantil y el pasaporte en la mano, esperando a pasar el control de migraciones.

  No se siente bien, pero lo atribuye al accidentado viaje y al jet-lag, pues hay casi unas siete horas de diferencia entre el Taoudeni, en Tanzania y California. Además, la herida que tiene en el antebrazo le arde mucho más de lo que esperaba, pero ya le echará un vistazo cuando se encuentre en la residencia pastoral, en Sacramento. Quizá tenga que ir a un hospital a que le hagan una cura, pero la verdad es que no es una cosa grave: un niño le mordió mientras esperaba en el aeropuerto de Mopti, donde había llegado viajando en un transbordador. El niño, que parecía sufrir un ataque de meningitis, apenas si le había arañado la piel, pero como en ese momento estaban llamando a los pasajeros de su vuelo para embarcar, no había tenido tiempo de preocuparse demasiado. De todas formas, es apenas un arañazo.

  Saluda con un “masa' alkhayr -Buenas tardes, en el árabe que se ha convertido casi en su primera lengua- al chofer del obispado que le saca de las manos la pequeña maleta y le hace subir al enorme Mercedes Benz del obispo. Sentado sobre el fresco cuero de los asientos, el pastor siente un repentino malestar, que atribuye a las horas de vuelo y al cambio de clima.


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